Una storia di solidarietà che attraversa l’oceano – Una historia de solidaridad que cruza el océano

Verónica vive a San Francisco Echeverría.
Fa parte del comitato locale di Los Angelitos ed è mamma di una ragazza con disabilità.

Insieme ad altre donne e ragazze della comunità, gioca nella squadra femminile di calcio: uno spazio di riscatto, libertà e forza condivisa.
Verónica partecipa alla vita del villaggio con entusiasmo e semplicità, senza grandi discorsi filosofici o politici, ma con gesti concreti.

Colpita da ciò che sta accadendo a Gaza, Verónica avrebbe voluto inviare cibo ai bambini affamati.
Le ho spiegato che spedire aiuti oltre l’oceano non è semplice.

Così è nata un’altra idea.
Insieme alle donne dei diversi comité di San Francisco, Verónica ha organizzato cene di solidarietà.
Ne organizzeranno altre, coinvolgendo sempre più donne della comunità, offrendo pupusas, tamales, casamientos a prezzi popolari.

Forse raccoglieranno 20 dollari, forse qualcosa in più o in meno.
Ma non è questo il punto.

Verónica e le donne di San Francisco ci ricordano che la solidarietà non ha confini, che l’unione fa la forza e che “el pueblo salva al pueblo”, come diceva un prete-guerrigliero salvadoregno.

Come Lisangà, siamo profondamente orgogliosi delle nostre sorelle e dei nostri fratelli di San Francisco, capaci di esprimere con naturalezza il loro rifiuto dell’uso della fame come arma di guerra.

Lisangà è fatta di storie come questa.

 

Una historia de solidaridad que cruza el océano

Verónica vive en San Francisco Echeverría.
Forma parte del comité local de Los Angelitos y es madre de una joven con discapacidad.

Junto a otras mujeres y chicas de la comunidad, juega en el equipo femenino de fútbol: un espacio de reivindicación, libertad y fuerza compartida.
Verónica participa en la vida del pueblo con entusiasmo y sencillez, sin grandes discursos filosóficos o políticos, sino a través de gestos concretos.

Impactada por lo que está ocurriendo en Gaza, Verónica habría querido enviar alimentos a los niños que sufren hambre.
Le expliqué que enviar ayuda al otro lado del océano no es sencillo.

Así nació otra idea.
Junto a las mujeres de los distintos comités de San Francisco, Verónica organizó cenas solidarias.
Organizarán más, involucrando a cada vez más mujeres de la comunidad, ofreciendo pupusas, tamales y casamientos a precios populares.

Quizás recauden 20 dólares, quizá un poco más o un poco menos.
Pero ese no es el punto.

Verónica y las mujeres de San Francisco nos recuerdan que la solidaridad no tiene fronteras, que la unión hace la fuerza y que “el pueblo salva al pueblo”, como decía un sacerdote-guerrillero salvadoreño.

Como Lisangà, estamos profundamente orgullosos de nuestras hermanas y hermanos de San Francisco, capaces de expresar con naturalidad su rechazo al uso del hambre como arma de guerra.

Lisangà está hecha de historias como esta.

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